MANOLO MARTÍN VÁZQUEZ "EL TORERO", QUE SE CASÓ CON LA MARTEÑA MARÍA LUISA CÓDES ROJAS, QUE TENÍA UNA FINCA Y CORTIJO EN LA SIERRA CARACOLERA DE BÍBORAS
Manolo era el segundo hijo de Curro Martín Vázquez, y el primero que decidió seguir los pasos de su padre. El hubiera podido ir a la universidad para estudiar cualquier carrera como hizo su hermano Paco, el primogénito de la familia, pues mi tío nunca presionó a sus hijos para que fueran toreros. Paco estudió medicina y se convirtió en un buen médico especializado en garganta, nariz y oído.
Manolo vio la primera luz del día el 14 de enero del 1921 y me contaban que el gusanillo de la afición le picaba desde que tenía uso de razón. Probablemente, se inspiraría, como yo, mirando las cabezas que colgaban en el patio de su casa, imaginándose que en el futuro, como trofeos de sus logros toreros, allí también se colocarían algunas cabezas de toros lidiados por él.
Así que, siendo aun muy jovencito, comenzó sus andanzas taurinas durante la Guerra Civil española (1936-39), unos tiempos muy difíciles para hacerse torero, pues apenas se celebraban festejos taurinos en España. Al terminarse la contienda hizo un triunfal debut en las Ventas el 3 de septiembre del 1939 y al año siguiente se situó como un novillero puntero, consiguiendo tantos e importantes triunfos que le merecieron el tomar la alternativa en Barcelona, en donde había toreado con exito en ocho novilladas. Se doctoró en la Plaza Monumental el 6 de julio del 1941, siendo el padrino Manolete y el testigo Pepe Luis Vázquez, lidiando toros del Duque de Pinohermoso. El 1 de octubre del mismo año confirmó la alternativa en Madrid de manos de Marcial Lalanda, y ante la presencia de Manolete. Esa temporada sumó 17 novilladas y 19 festejos mayores.
Su carrera iba viento en popa durante la temporada del 1942 hasta que el 19 de julio en Madrid un toro le pegó un cornalón que cambió el rumbo de su carrera. Perdió una considerable cantidad de corridas, y aun así terminó su campaña con 32 festejos en su haber. No obstante, el grave percance afectó el ánimo del diestro.
Cuando en la temporada siguiente, la del 1943, iba recuperando el sitio ante los toros, el 25 de julio en Valencia un peligroso astado de Pérez de la Concha, al herirlo de mucha gravedad, se encargó de que de Manolo, en vez de reencontrarse a si mismo, comenzara un declive profesional que concluyó el 5 de octubre del 1947 en Lorca, en donde hizo su último paseíllo.
Así como su padre se sobrepuso a los efectos negativos de las múltiples cornadas, Manolo no consiguió hacerlo, por lo que sus actuaciones decrecieron en cantidad y en calidad. Actuó en 18 corridas en el 1943, cinco en el 1944, dos el 1945, ninguna en el 1946, y tres en la temporada de su despedida. José María de Cossío en el cuarto volumen del EL TOREO, página 558, evaluaba así el estilo de torear de mi primo y razonaba cual fue el motivo de su retirada:
La nota característica de su toreo, especialmente en sus grandes temporadas de novillero, fue el valor, realzado por una majeza y una gallardía muy torera que... provenían de sus condiciones físicas. Ello le otorgaba personalidad en la plaza y fuera de ella. Al fallarle el valor...y al no poseer otras cualidades taurinas que encubrieran sus vacilaciones, bajó su rendimiento artístico, hasta írsele olvidando, y él supo anticiparse con su retirada.
La decadencia de Manolo como profesional coincidía con la meteórica ascendencia de Pepín, el menor de la dinastía, quien ya en el año 1944 era una superfigura y acaparaba la atención de la prensa, la afición y de la familia. Esto tuvo que hacer mella en la mente de Manolo, quien hasta entonces había sido el abanderado de la dinastía, pues la carrera de Rafael fue muy breve y de poco relieve. Fuera o no esta la razón, el caso fue que durante sus últimos años como torero activo, aunque oficialmente seguía teniendo su residencia en Sevilla, Manolo prácticamente vivía en Madrid, y poco a poco se fue desvinculado de la vida en la Macarena, a donde venía de visita de cuando en cuando.
Al retirarse, Manolo se casó en Madrid con una bien acomodada señorita jienense (familia Codes) natural de Martos (Jaén) donde poseía una finca de olivos y un piso en el prestigioso barrio madrileño de Salamanca, que había heredado de sus padres. En ese piso establecieron la residencia familiar y el torero retirado se hizo agricultor, al dedicarse a llevar la finca de su esposa, lo que le obligaba a pasar en la finca desde noviembre hasta marzo.
A esa ocupación pronto añadió la de apoderado de toreros, pues partir del 1948 o 1949 hasta su retirada, su hermano Pepín le otorgó poderes. Luego, a partir de junio del 1950, cuando yo toreé mi primera novillada sin caballos hasta junio del 1957, al regresar a España, después de completar mi primera aventura americana como matador de toros, administró mi carrera, compaginando su labor taurina con sus actividades camperas.
Mi relación taurina con Manolo tuvo dos etapas. La primera, cuando él estaba en su apogeo, del 1939 al 1942, y yo era un imberbe para quien el toreo todavía era un juego. Entonces, lo admiraba como si él fuera otro superhombre como mi tío Curro, pero él no influyó en mi toreo. En cambio, luego al él aparecer menos por Sevilla, y Pepín comenzar su arrolladora carrera, orienté mi admiración hacia el menor de los Martín Vázquez, la persona que me servía como modelo de torero y quien me guíó al dar mis primeros pasos como aspirante a torero. En la segunda etapa, al Pepín retirarse y Manolo convertirse en mi apoderado, yo pasaba en Madrid los meses de la temporada taurina en continuo contacto con Manolo quien, aparte de administrar mis asuntos taurinos, se convirtió en mi personal guía que intentaba controlar mis actos como si fuera un padre de un hijo inmaduro.
Mi juventud y el respecto, cariño y el agradecimiento que yo les tenía a los Martín Vázquez permitieron que Manolo me controlara y que, a pesar de notar algunos de sus fallos en la función de apoderado, rechazara algunas aberturas que hacían para que cambiara de administrador taurino.
La falla mayor de Manolo como apoderado consistía en que era su norma que, al terminarse la temporada en octubre, se iba con la familia a su finca jienense para dedicarse a las faenas campestres, poniendo en neutro sus actividades taurinas hasta regresar a Madrid en marzo o abril, cuando la siguiente temporada ya estaba en progreso. La circunstancia agravante era que en la finca no había teléfono, y la manera para él comunicarse con el mundo era por medio de telegramas o cartas. El resultado de esta acción era que yo comenzaba las temporadas más tarde que otros toreros con similar cartel o menos, por sus apoderados haberse movido durante el invierno.
Ahora bien todo llega a su fin, pues en mayo del 1957, al regresar de completar mi primera aventura torera en América, en donde había madurado por haber estado solo sin apoderado o cuadrilla, atendiendo yo mismo mis asuntos, nos reunimos en Madrid para discutir los planes para la temporada española. Naturalmente, mis primeras preguntas fueron que si él tenía ya algún compromiso inmediato para mi reaparición, y que sí había algo concreto hecho para el futuro. La respuesta a la primera pregunta fue un rotundo no, y a la segunda un tal vez aquí o allá, pero nada tangible. Entonces me lamenté que parecía que mis éxitos en América y el eco que ellos tuvieron en la prensa española hubieran ayudado a que él me tuviera contratada alguna corrida, y añadí, con un atrevimiento que él no esperaría de mi, que tal vez algo hubiera salido sí él hubiera estado en Madrid desde hacía unos meses, en vez de estar encerrado en el campo durante ese tiempo atendiendo solamente sus propios asuntos. De ahí pasamos a discutir otras cosas que me molestaban, y que yo nunca las había mencionado antes. La consecuencia del encuentro fue que hubo un rompimiento que no resultó ser amistoso. No nos volvimos a ver hasta 17 años después, cuando pasé unos días en Madrid de vacaciones para enseñarle la belleza de la ciudad a mi familia americana. Se me ocurrió hacer una llamada de cortesía a Manolo, no como su ex-podernante sino como familia. El resultado de la llamada fue una agradable sorpresa, ya que mi primo nos acogió con cariño, y que incluso me organizó una cena homenaje, atendida por algunos miembros de mi antigua peña taurina y por otros amigos. También, llamó a la ya desaparecida revista El RUEDO para informarles de mi presencia en Madrid. Ell resultado fue que me hicieron una entrevista. En mis sucesivas visitas a Madrid nos volvíamos a reunir, hasta que Manolo murió a causa de una penosa enfermedad, que lo había mantenido en vida retirado del mundo por unos años.
MI FAMILIA TAURINA: LOS MARTIN VAZQUEZ
por Mario Carrión, 19 de abril, 2011
https://www.carrionmundotoreo.com/actfamiliataurina-169411.htm

